puerto de los leones. (a mi lo que me gusta son las curvas)
Puerto de los leones, domingo por la tarde, tiempo seco y solecito, mucho calor.
Una Yamaha fazer 600 transporta a un motorista, que va sudando dentro de su traje de motorista al que ha olvidado quitar el forro térmico. Viene con bastantes kilómetros encima, relajado, disfrutando del paisaje de guadarrama a sus pies y sin saber cómo ni cuando se encuentra dentro de una curva suave que se cierra hacia la izquierda.
Está fuera de la trayectoria, parece que va demasiado rápido para lo que acostumbra y todo apunta a que va a comprobar en carne propia lo duro que está un quitamiedos. Frenar ha dejado de ser una opción hace ya quince metros, seguir recto y prepararse para intentar caer de la mejor manera posible tampoco parece muy seductor, así que:
Puntera del pie izquierdo sobre la estribera, contramanillar, mira al fondo, a la salida de la curva que no se ve, pero se intuye…
La moto no vibra, no cabecea, solo se inclina, se inclina, se inclina…quiere seguir en la curva, quiere enseñarme que es capaz de tomarla, cuida de mi, solo me tengo que dejar...
Vas muy tumbado ¿no? El asfalto está muy cerca, afilandose los dientes, pensando, seguro, en el festín que se va a dar con mi piel. Vas muy tumbado ¿no?
¿NO?
Sí, voy muy tumbado, y quizá muy deprisa, ¿Y qué?. Relaja la espalda, deja de moverte, solo sujétate y mira lejos, ahora sí se ve el final de la curva muy muy lejano.
Y ahora la curva ya no es una curva, sino una sonrisa que estoy perfilando en la carretera. Son los brazos de mi madre que me acogen y me protegen, soy yo ajustando la velocidad en el cuarto creciente de la luna, es la cintura de mi amante, el cuerpo de mi guitarra, la “D” de “Dios” sobre la que camino.
Abre gas suavecito, ¿ves? Ya está, ya sales, endereza la moto, ya está. Y la curva que era sonrisa se me dibuja en la cara, y cuando me bajo de la moto miro apresurado la rueda trasera, no me quito el casco ni los guantes, y compruebo que la he usado hasta el filo. Ella también me sonríe satisfecha.
Me quito el casco, los guantes y la chupa, ¡qué fresquito, qué bien estoy!
¡qué bien estoy!
Y me doy cuenta de que a mi lo que me gusta son las curvas. Esa curva. Todas las curvas.
Ya lo sabes.
Una Yamaha fazer 600 transporta a un motorista, que va sudando dentro de su traje de motorista al que ha olvidado quitar el forro térmico. Viene con bastantes kilómetros encima, relajado, disfrutando del paisaje de guadarrama a sus pies y sin saber cómo ni cuando se encuentra dentro de una curva suave que se cierra hacia la izquierda.
Está fuera de la trayectoria, parece que va demasiado rápido para lo que acostumbra y todo apunta a que va a comprobar en carne propia lo duro que está un quitamiedos. Frenar ha dejado de ser una opción hace ya quince metros, seguir recto y prepararse para intentar caer de la mejor manera posible tampoco parece muy seductor, así que:
Puntera del pie izquierdo sobre la estribera, contramanillar, mira al fondo, a la salida de la curva que no se ve, pero se intuye…
La moto no vibra, no cabecea, solo se inclina, se inclina, se inclina…quiere seguir en la curva, quiere enseñarme que es capaz de tomarla, cuida de mi, solo me tengo que dejar...
Vas muy tumbado ¿no? El asfalto está muy cerca, afilandose los dientes, pensando, seguro, en el festín que se va a dar con mi piel. Vas muy tumbado ¿no?
¿NO?
Sí, voy muy tumbado, y quizá muy deprisa, ¿Y qué?. Relaja la espalda, deja de moverte, solo sujétate y mira lejos, ahora sí se ve el final de la curva muy muy lejano.
Y ahora la curva ya no es una curva, sino una sonrisa que estoy perfilando en la carretera. Son los brazos de mi madre que me acogen y me protegen, soy yo ajustando la velocidad en el cuarto creciente de la luna, es la cintura de mi amante, el cuerpo de mi guitarra, la “D” de “Dios” sobre la que camino.
Abre gas suavecito, ¿ves? Ya está, ya sales, endereza la moto, ya está. Y la curva que era sonrisa se me dibuja en la cara, y cuando me bajo de la moto miro apresurado la rueda trasera, no me quito el casco ni los guantes, y compruebo que la he usado hasta el filo. Ella también me sonríe satisfecha.
Me quito el casco, los guantes y la chupa, ¡qué fresquito, qué bien estoy!
¡qué bien estoy!
Y me doy cuenta de que a mi lo que me gusta son las curvas. Esa curva. Todas las curvas.
Ya lo sabes.
