Friday, August 26, 2005

Explicación de Penélope

Cuando has amado, no se te pasa. Cuando has amado y no se te pasa y sigues amando, suceden cosas cuando menos curiosas.
Sigues amando, bien, pero ¿a quien? ¿Cuanto deja de ser el amado la persona para ser sustituído por el recuerdo de la persona? Si apareciera otra vez, dispuesta a pasar el resto de la vida contigo, o el resto del siguiente cuarto de hora enamorado de ti...ensoñaciones, plegarias de no se sabe bien qué a no se sabe bien quien, ¿Qué pasaría? ¿Qué pasaría si de golpe se cumplieran tus deseos?
Da por pensar que en realidad no nos gustaría. Que saldríamos corriendo, asustados, o simplemente rechazaríamos al recién llegado por no ser el objeto de nuestro amor.
Porque nosotros amamos a una persona determinada en un tiempo determinado, y luego todo siguió su curso excepto nuestro amor, que quedó amarrado a ese tiempo, a esa persona.
Así, quien se presentara ante nosotros diciéndonos que ha vuelto, que nos quiere y que nos ha echado de menos, no sería más que un extraño, un zombi desenterrado de nuestro recuerdo, un vivo a quien no le corresponde estar vivo, porque no es su tiempo. Su tiempo no pasó, sigue vigente en el pasado, no ahora.
Es curioso que amemos a lo que nos acompaña. Primero el recuerdo de los momentos pasados nos atormenta, no es sino un anhelo constante que se cimenta en nuestra memoria. Nace ahí, y crece hasta nuestro espíritu, y lo raspa con sus ramas, y le priva de la luz con sus hojas. Es el momento de la desesperación, de las preguntas sin respuesta, de la búsqueda de una culpa que justifique el fin "ahora que estábamos tan bien"-y no estábais, estabas tu-.
Cuando el deseo tiene tanta fuerza que estás a su merced y solamente eres una ilusión de recuperar lo que perdiste.
Y eso que te mata, el recuerdo, que te convierte en guiñapo triste o loco, es lo que nos va quedando mientras todo lo demás se diluye en el tiempo. nos quedamos viviendo ahí, o una parte de nosotros se queda viviendo ahí; la parte donde reside el amor, la parte donde no habita el olvido.
Porque el olvido corre paralelo al tiempo, y solo hay un lugar donde el tiempo se detiene, en ese recuerdo aprisionado por el amor, que ata días y deseos y los fija hasta la muerte.
Por eso, creo, si el amado se nos apareciera lo rechazaríamos. Ya no le amamos a él, sino a lo que fue. Quizá no sea más que miedo, o prevención, o quizá sea como lo explico, que es como lo siento.
No es nuevo lo que digo, desgraciadamente, pues todos lo hemos sufrido, y Serrat lo explicó en una canción, y Homero en un relatillo. La una no puede ser si no espera en una estación, la otra no puede ser sin tejer una tela infinita, y nosotros con ellas, no podemos ser nosotros si perdemos un recuerdo, un recuerdo tan profundo, tan amado, tan vivido y tan vívido, tan compañero nuestro que forma parte de nuestra vida tanto como nuestras manos. No, no podemos perder un recuerdo para conseguir un trozo de prosaica realidad, por deseable que sea.
No será igual. Ninguno es igual. Mejores o, seguramente, peores ambos. Con la inocencia asustada, metida debajo de la cama. Nunca hay un regreso, si has amado de veras. Todo lo más, un volver a empezar.

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