Wednesday, June 22, 2005

Reflexiones de un payaso

Yo hacía reír. Me pintaba la cara de blanco, con los labios rojos-muy rojos y una nariz redonda como una bombilla de plástico, también roja.
Llevaba unos zapatos enormes, y un traje de muchos colorines. Hacía malabares y todos los niños se sentaban en corro en mi derredor, se morían de risa, los fascinaba, los entretenía durante horas, nunca querían que me fuera.
Tanto me admiraban los niños, que los padres -una vez superados los celos que les provocaba- también observaban con arrobo mis evoluciones circenses. Nunca nadie se preguntó acerca de la persona que se ocultaba tras la pintura facial, ni falta que hacía. Yo era ese. Un payaso.
Una vez una niña destacó de entre el corro de espectadores. No hacía nada de particular, pero se la veía. Los mismos ojos brillantes de sus compañeros, la misma sonrisa asombrada, los mismos aplausos...pero a ella se la veía, destacaba sobre el resto. Al menos para mi.
Comencé el show con mis payasadas habituales: tropezones, caídas, trucos de magia, diábolo, malabares...y me fijé en ella. Tanto que acabé por actuar solo para la niña. Los demás, sus compañeros de fiesta, seguían estando a mi alrededor, pero no importaban. Ni siquiera los veía. Cuando terminó la actuación y todos se fueron a jugar, la niña vino a mi y estuvimos hablando mucho rato. ¡Era interesantísima!, y muy lista. No dejaba de ser una niña, con pensamientos de niña y proyectos de niña justificados con razones de niña, pero era interesantísima...y muy muy lista. Hablamos de todas las cosas que interesan a los payasos y gentes de poca edad, perdón por la redundancia, y me dijo que su cumpleaños estaba próximo, y que estaba invitado a su fiesta. Tenía dos razones para asistir, como trabajador y como invitado, así que no lo dudé. Dije si.
días antes de su fiesta, repasé con esmero todos mis trucos. Se me ocurrió que, a modo de homenaje, actuaría sin pintura, así ella podría ver la cara del que la hacía reír. Vería la cara del payaso, al fin y al cabo no importaba mucho que la viera, yo era un payaso. El personaje y la persona, la misma cosa.
Fue maravilloso. Para mi, para ella, para el resto de invitados...no lo se, pero fue maravilloso.
Los mismos trucos, pero sin máscara. Las mismas risas, pero sin máscara. Ambos sin máscara. Yo ya no era un payaso, ni ella una niña. Los dos reales, un real payaso y una niña real. Reducidos a almas, con el alma ampliada...Si, estoy hablando de amor.
El caso es que después de aquella maravillosa tarde y las pocas que siguieron, me sentí vacío. Ya no le podía dar más a mi niña. Muerto el misterio de la identidad es dificil resucitarlo "quien dice todo lo que sabe, pierde todo lo que tiene" -recordaba el dicho árabe-. Continué haciendo mis números, solo para ella, pero sin intensidad, una vez pasadas las primeras sesiones. Me aburrí, la aburrí, nos aburrimos.
Me entregué hasta quedar vacío. Lo di todo, hasta agotarme; y una vez hueco, sin sustancia, dejé de quererme, dejó de quererme. Normal, a un pellejo sin sustancia se le puede tener cariño por el vino que guardó, pero el amor no se alimenta de vacíos. Nos quedamos solos yo y una extraña angustia por recuperar lo que siempre había considerado accesorio.
Y yo la amaba, y ella me amaba a mi, pero no podíamos remontar la montaña que suponía la máscara en el suelo, desprendida de mi rostro. Ella dejó de mirarme, y no sirivió que yo llegara a nacer de nuevo; no servían los trucos nuevos que ensayaba para su interés. Creo que llegué a desarrollar los mejores, los más complicados, los más divertidos, todo en vano. Ya no tenía público, porque ella ya no me miraba.
Desde entonces vago por el mundo sin la máscara, porque no me hace falta. Antes era un payaso, un real payaso. Ahora no lo soy, tan solo soy real. Un vacío real.

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