humanos, el Papa ha muerto. Estad atentos
Humanos, el papa ha muerto
No es cosa de poco, es algo grave, o cuando menos grande, y el personaje, que en este caso puede más que la persona, merece toda nuestra atención.
Pero no todo nuestro tiempo. No todo lo que somos.
Se reflejan en estos casos de sucesos importantes la convulsión de nuestro tiempo, la falta de criterio y de proporción que asola a nuestra sociedad y a nosotros mismos.
Todo nos duele poco, parece, vivimos despegados de lo ajeno a no ser que sea muy cercano a nuestra vida cotidiana.
Es claro que somos el centro de nuestra vida, y los añadidos son importantes en la medida en que estén cerca y nos afecten. Quizá siempre haya sido así, pero nunca hasta ahora nuestra coraza aislante de lo exterior ha sido tan gruesa.
Y sudece un fenómeno que es causa y efecto a la vez: la saturación mediática.
Vivimos en la era de la información. La comunicación nunca ha sido tan rápida y eficiente. Los datos fluyen instantáneamente y como fluido que son nos pueden ahogar, o podemos navegar por su superficie sin ser salpicados por ellos. La conmoción es cada vez más difícil de lograr.
Los medios tienden a sobrevivir, como cualquier ente vivo, y la manera que tienen de hacerlo en este sistema capitalizado es acaparar clientes. Los clientes para los media no son sino anunciantes, que sufragan los gastos de existencia de las empresas informativas a cambio de tener un altavoz que usar para anunciar sus productos.
No es ni más ni menos que eso.
Por eso la carrera de los medios por interesar al público, porque quien tenga más audiencia tendrá más anunciantes o espacio más caros en su programación. Porque quien tenga el oído del espectador venderá mejor sus productos. Los fabricantes sus artículos, los medios sus espacios.
Le reacción de nosotros los humanos no puede ser otra que el aislamiento. Debemos protegernos y poner distancia entre nosotros y los estímulos si no queremos volvernos locos o desaparecer cerebralmente, así, el escepticismo y la falta de interés crece en nosotros de manera natural. Hasta llegar a deshumaizarnos.
Y todo es publicidad.
Pero claro, no todo es publicidad, y si queremos saber qué pasa en el mundo debemos estar conectados a los medios que nos lo cuentan. Sucede entonces que la información que nos remiten debe ser lo suficientemente vasta y repetitiva como para perforar nuestra coraza, porque lo que no se nos dice muchas veces no lo percibimos en el maremagno informativo, desaparece sin ser reconocido y simplemente no existe. Hay que repetir las cosas cientos de veces, la misma cosa de cientos de maneras. Y claro, llega la saturación.
Duele pensar que tras la cifra de muertos en accidente por el tráfico de Semana Santa, el tsunami de Indonesia, o la muerte del Papa no hay sino interés en que compremos tal coche o cual bayeta superabsorvente. Todo ese despliegue material y humano tan solo por hacerse con una cifra superior a la de la competencia en el Share de turno o en el estudio del E.G.M. Nos rebelamos ante esa idea, pero la realidad nos hace constatar que es cierta. ¿O alguien se acuerda de los datos de Semana Santa al término de esta?
Este fin de semana hemos asistido, una vez más, a este circo mediático que termina por dejar de ver el objeto de la información, la noticia. Así, vemos reportajes prefabricados repetidos textualmente en distintas cadenas de televisión, cambiando solamente –por aquello del disimulo- la voz del locutor. Vemos semblanzas humanas del Sumo Pontífice en los tiempos en que no lo era, sino un curilla polaco aficionado al teatro. Pero quien murió este fin de semana fue el Papa, nada menos...nada más.
Y todos los accesorios tienen una importancia inexistente, de relleno. Conferida tan solo en aras de mantener la cuota de pantalla, prescindible y olvidada en cuanto pasemos de esta a otra noticia cualquiera.
Es exactamente lo mismo que sucede con la publicidad. Es exactamente lo mismo que sucede con un modelo de coche cuando sale al mercado el que lo sustituye. Solo unos pocos nostálgicos se acordarán del primero.
Sería curioso este fenómeno, solo curioso, si no redundara directamente en la sociedad agravando la falta de conciencia de lo importante, agravando el egoísmo, el aislamiento, la falta de emotividad real –agotándola, de tanto forzarla-. Cada vez nos cuesta más discernir lo que es realmente importante, y de seguir así, pronto lo sabremos solo si nos lo repiten “ad infinitum”. Perderemos la consciencia en primera instancia y la conciencia inmediatamente después. Se verán sustituidas por la repetición. Nuestra voz interior, la que describe nuestro mundo, será pronto la de una caja catódica que verá en nosotros clientes, consumidores, números...nunca personas.
El Papa ha muerto. Descanse en paz.
No es cosa de poco, es algo grave, o cuando menos grande, y el personaje, que en este caso puede más que la persona, merece toda nuestra atención.
Pero no todo nuestro tiempo. No todo lo que somos.
Se reflejan en estos casos de sucesos importantes la convulsión de nuestro tiempo, la falta de criterio y de proporción que asola a nuestra sociedad y a nosotros mismos.
Todo nos duele poco, parece, vivimos despegados de lo ajeno a no ser que sea muy cercano a nuestra vida cotidiana.
Es claro que somos el centro de nuestra vida, y los añadidos son importantes en la medida en que estén cerca y nos afecten. Quizá siempre haya sido así, pero nunca hasta ahora nuestra coraza aislante de lo exterior ha sido tan gruesa.
Y sudece un fenómeno que es causa y efecto a la vez: la saturación mediática.
Vivimos en la era de la información. La comunicación nunca ha sido tan rápida y eficiente. Los datos fluyen instantáneamente y como fluido que son nos pueden ahogar, o podemos navegar por su superficie sin ser salpicados por ellos. La conmoción es cada vez más difícil de lograr.
Los medios tienden a sobrevivir, como cualquier ente vivo, y la manera que tienen de hacerlo en este sistema capitalizado es acaparar clientes. Los clientes para los media no son sino anunciantes, que sufragan los gastos de existencia de las empresas informativas a cambio de tener un altavoz que usar para anunciar sus productos.
No es ni más ni menos que eso.
Por eso la carrera de los medios por interesar al público, porque quien tenga más audiencia tendrá más anunciantes o espacio más caros en su programación. Porque quien tenga el oído del espectador venderá mejor sus productos. Los fabricantes sus artículos, los medios sus espacios.
Le reacción de nosotros los humanos no puede ser otra que el aislamiento. Debemos protegernos y poner distancia entre nosotros y los estímulos si no queremos volvernos locos o desaparecer cerebralmente, así, el escepticismo y la falta de interés crece en nosotros de manera natural. Hasta llegar a deshumaizarnos.
Y todo es publicidad.
Pero claro, no todo es publicidad, y si queremos saber qué pasa en el mundo debemos estar conectados a los medios que nos lo cuentan. Sucede entonces que la información que nos remiten debe ser lo suficientemente vasta y repetitiva como para perforar nuestra coraza, porque lo que no se nos dice muchas veces no lo percibimos en el maremagno informativo, desaparece sin ser reconocido y simplemente no existe. Hay que repetir las cosas cientos de veces, la misma cosa de cientos de maneras. Y claro, llega la saturación.
Duele pensar que tras la cifra de muertos en accidente por el tráfico de Semana Santa, el tsunami de Indonesia, o la muerte del Papa no hay sino interés en que compremos tal coche o cual bayeta superabsorvente. Todo ese despliegue material y humano tan solo por hacerse con una cifra superior a la de la competencia en el Share de turno o en el estudio del E.G.M. Nos rebelamos ante esa idea, pero la realidad nos hace constatar que es cierta. ¿O alguien se acuerda de los datos de Semana Santa al término de esta?
Este fin de semana hemos asistido, una vez más, a este circo mediático que termina por dejar de ver el objeto de la información, la noticia. Así, vemos reportajes prefabricados repetidos textualmente en distintas cadenas de televisión, cambiando solamente –por aquello del disimulo- la voz del locutor. Vemos semblanzas humanas del Sumo Pontífice en los tiempos en que no lo era, sino un curilla polaco aficionado al teatro. Pero quien murió este fin de semana fue el Papa, nada menos...nada más.
Y todos los accesorios tienen una importancia inexistente, de relleno. Conferida tan solo en aras de mantener la cuota de pantalla, prescindible y olvidada en cuanto pasemos de esta a otra noticia cualquiera.
Es exactamente lo mismo que sucede con la publicidad. Es exactamente lo mismo que sucede con un modelo de coche cuando sale al mercado el que lo sustituye. Solo unos pocos nostálgicos se acordarán del primero.
Sería curioso este fenómeno, solo curioso, si no redundara directamente en la sociedad agravando la falta de conciencia de lo importante, agravando el egoísmo, el aislamiento, la falta de emotividad real –agotándola, de tanto forzarla-. Cada vez nos cuesta más discernir lo que es realmente importante, y de seguir así, pronto lo sabremos solo si nos lo repiten “ad infinitum”. Perderemos la consciencia en primera instancia y la conciencia inmediatamente después. Se verán sustituidas por la repetición. Nuestra voz interior, la que describe nuestro mundo, será pronto la de una caja catódica que verá en nosotros clientes, consumidores, números...nunca personas.
El Papa ha muerto. Descanse en paz.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home