Friday, September 02, 2005

Solidaridades

Es oportunista quizá, pero es que la comparación asalta a cada rato a la cabeza. Hablo de tsunamis, de ciclones o de exilios humanos.
En este 2005 que renace en septiembre, como todos los años, ha habido grandes desdichas naturales en el planeta. Ya las inundaciones, ya los tornados, o los terremotos, o las sequías prolongadas, han estado colocando a los humanos en el límite de la supervivencia, y aqui es donde la comparación se hace insoslayable.
En el tsunami de Indonesia y Thailandia hubo pérdidas materiales por valor de al menos 2000 millones de dólares, y más de 5000 muertos. no hubo previsión de la catástrofe, y pilló a todos desprevenidos. Bueno, previsión si que la hubo, según parece, pero no se avisó a nadie.
En el país más poderoso del planeta -según dicen-, o sea, los EE.UU. ha habido un ciclón de los potentes, de los que nos recordarán dentro de varios años todavía, que ha tocado de lleno una pequeña parte: Nueva Orleans.
Y los muertos han sido pocos, unos 300 de momento, pero las pérdidas materiales han ascendido a los 12000 millones de dólares. ¿Es evitable la comparación?
Los indonesios y thailandeses que se quedaron sin nada fueron muchos, más de 300.000, y no tuvieron ningún lugar donde refugiarse; pero en Nueva Orleans tienen estadios, polideportivos, planetarios y grandes instalaciones donde pernoctar, al menos pernoctar, durante unos 2 meses, según las previsiones más optimistas.
Y dice el corresponsal de la zona que la situación es insostenible, que no van a poder aguantar esa prueba. Se suceden actos de pillaje, y la policía tiene instrucción de disparar a los rateros que se aprovechen de la situación. ¿Rateros? no los había en indonesia. Nada les quedó, como a los americanos, pero nadie robó nada.
Y dos meses viviéndo en un polideportivo no es cosa de poco, no tienen televisión, ni teléfono, pero -otra comparación, disculpen- en la frontera de Zaire, apenas hace 3 años, hubo alrededor de dos millones de personas viviendo refugiados por cerca de dos años. Sin t.v., claro, y sin teléfono; pero también sin agua coriente, sin techo, sin nada; ni siquiera cobertura informativa. Es sabido que una noticia deja de serlo cuando la actualidad la asume, y eso mismo pasó con los zaireños. Tampoco hubo helicópteros vigilando que nadie se llevara nada, no había nada que llevarse, pero además a nadie se le ocurrió hacerlo.
se ve claro que hay "refugiados" de distinta categoría, y es doloroso constatarlo, pero lo es aún más ver cómo se comportan entre si los unos y los otros.
La conclusión se impone sola, y no dice nada bueno acerca de la influencia del bienestar social en el espíritu de las personas. Parece, según se ve, que cuanto más tenemos peores nos volvemos. No es ya que la comodidad nos ablande y nos haga menos capaces, es que también nos hace peores personas, dispuestos al robo o al asesinato por recuperar algo de esa comodidad que se ha hecho más importante que nosotros. No se mata, o se roba, por un pedazo de pan o un balde de agua, sino por un televisor de más pulgadas, o un teléfono celular. La preocupación no mira a alimentarse, que esa parcela está más que resuelta, sino a tener. Tener más, como antes de la catástrofe, sigue siendo la premisa principal. Tener más de las cosas que nos diferencian de los subdesarrollados, de las cosas que nos apartan de la humanidad que nos es común. Somos menos humanos los desarrollados, lo que no deja de ser una paradoja que insulta al progreso. Es duro de ver, duro de aceptar, pero las comparaciones que asaltan la cabeza de uno gritan esta realidad con voz tan potente, que resulta imposible hacerle oídos sordos.
Me duelen los muertos, y los perjudicados por las debacles naturales, pero me duele aún más constatar las diferencias de trato entre unos y otros; y aún más ver las reacciones de los unos y los otros.
Hay que tener cuidado. Vigilemos no perdernos en el progreso. Consigamos cosas, claro, pero no a costa de nuestra alma.
Esto, así, no va bien.